Siniestra sonrisa


Era casi medianoche, a pesar del crudo invierno, me duché con agua fría. Era la única forma de expulsar, aunque sea un poco, todo este conjunto de penas y preocupaciones que no dejan de atosigarme. Al salir, vi a mi esposa sentada en el filo de la cama, envuelta en un mar de lágrimas.

—Ya no llores mi amor, todo va estar mejor…Sebastián se va poner bien, ya lo verás —le dije, mientras la abrazaba con dulzura.

Hace unos días mi hijastro, Sebastián Bazán, de seis años, no habla, ni siquiera emite la más mínima palabra. Al principio pensábamos que era una niñería o malcriadez, pero al pasar las horas nos dimos cuenta que no solo eso había cambiado en él, su mirada encerraba un gran temor y el llanto lo vencía continuamente. Lo llevamos al médico de inmediato pensando que podría estar enfermo, pero fue chocante enterarnos que no era propio de un problema físico; su dilema era mental.

Llevo cuatro años conociendo a Sebas. Nos volvimos inseparables, me costó mucho al principio, pero llegué a convertirme en su mejor amigo. Es claro que no he reemplazado el lugar que ocupa su padre ni busco hacerlo, pero siempre he estado allí cuando me ha necesitado. Viendo a mi mujer llorar, se me parte al corazón, y solo le pido a Dios que nos ayude en este momento tan difícil.

Las semanas pasaron, y felizmente gracias a la ayuda de Patricio, padre del niño y excelente psicólogo, Sebastián volvió a hablar, pero desafortunadamente no ha recuperado la jovialidad que lo caracterizaba. Algo raro le está pasando, y aunque suene descabellado, el pobre se gasta todo el santo día dibujando al mismo personaje, un payaso de nariz roja, peluca alborotada de color verde y sonrisa amical.

Paola y Sebastián estaban tomando una siesta. Era una escena muy tierna. Por mi parte acompañé a Patricio a la puerta, había pasado todo el día con Sebas a solas, según él, no pararía hasta descifrar aquél enigma que perturbaba la tranquilidad de su hijo.

Patricio se paró en seco de un momento a otro, y sacó del bolsillo de su saco, uno de los dibujos del niño.

—¿Sabes quién es él? —me preguntó de golpe, sentía en su mirada cierta frustración, como obligándome de alguna u otra manera, a que le dé una respuesta concreta.  

—No tengo la menor idea

—Su nombre es Sonrisa, es una especie de amigo imaginario de Sebastián. Mi hijo me cuenta que eran muy unidos, que siempre jugaban juntos, pero de pronto, todo cambió, y de un día para otro, los juegos de este payaso empezaron a incomodar a Sebas…

Patricio se detuvo, algo le impidió continuar. Un nudo en la garganta lo asfixiaba. La angustia lo consumía lenta pero severamen


—¿Juegos?... ¿Qué clase de juegos? —pregunté desconcertado.

Patricio entró en crisis, su mirada se perdió en la mía, y llenándose de ira, me estampó violentamente contra la pared.

—¡Si descubro que le has hecho algo malo a mi hijo, te juro que te mato!

—¡De qué estás hablando!… Vamos Patricio, tú sabes que yo sería incapaz, contesté tomándolo de su brazo, logrando que la presión de la fuerza con la que fui embestido, se vaya diluyendo.

Patricio me miró fijamente a los ojos y me soltó, me pidió perdón por su reacción, y me explicó el porqué de su sobresalto.

—Este supuesto amigo imaginario de mi hijo, el tal Sonrisa, obliga a Sebastián a tener cierta clase de juegos sexuales. Roberto, tú serías el primer sospechoso, pero mi hijo te tiene en un altar, y no muestra ninguna reacción negativa hacia ti. Por el momento lo mejor será que Sebas no establezca contacto no nadie que no sea ninguno de nosotros. Por mi parte seguiré examinándolo, necesito encontrar el porqué de esta situación. También sería buena idea llevarlo a un doctor y cerciorarnos que no tiene ningún daño físico…Roberto, no le comentes nada por el momento a Paola, pero es probable que alguien haya intentado abusar sexualmente de él.

Después de despedir al padre de Sebastián, me dirigí al sótano. Es ahí donde voy cuando me siento terrible y a escondidas de mi esposa, me fumo un par de cigarrillos, intentando perderme entre el humo del tabaco y no pensar en nada.

Revisé mi viejo baúl en el que guardo todos mis secretos, desde cartas de mis ex enamoradas, hasta el disfraz de un triste payaso. Recuerdo muy bien la primera vez que me vestí de Sonrisa. Sebastián siempre ha sido un niño muy asustadizo, y una noche sin que nadie se enterara, me disfracé y me aparecí en su habitación. Le dije que era un fantasma, pero uno bueno y que siempre sería su amigo. Desde ese instante logré mi objetivo, curar el miedo de mi hijastro. El pequeño ya no era atormentado al anochecer por el temor de supuestos monstruos que se esconden en la oscuridad. Ahora tenía un amigo más con quién conversar y jugar.

Me rehúso a creer que Sonrisa sea capaz de hacerle daño a Sebastián. Bueno, sé que es medio travieso, que por las noches disuelve una pastilla en el té de Paola para que se quede dormida y no pueda interrumpir los juegos nocturnos, pero es tan solo eso... Sonrisa no sería capaz de hacer nada malo.

Me miro al espejo y me pongo el disfraz. Sonrisa me habla y se ríe.

—Aún no es de noche, ¿por qué me despiertas tan temprano? —me pregunta.

— Quiero hablar contigo…

—Siempre tú tan serio. ¿Ahora qué hice? — contestó con un tono burlón.

— Déjate de tonterías, Sonrisa. Quiero que me digas qué clase de juegos estás teniendo con Sebas.

Sonrisa empieza a soltar varias carcajadas. Cada una más siniestra que la otra.

— Los mismos que yo jugaba contigo cuando eras pequeño, Roberto. ¿Ya no te acuerdas? Tu papá usaba este mismo traje para visitarte. Y con el tiempo, empezaron a gustarte sus jueguitos… Y al morir tu papá, me heredaste. Así como también, los mismos gustos de él.

Empecé a retroceder, mientras Sonrisa no dejaba de reír. Me miraba en el espejo, pero ya no sabía a quién veía en el reflejo.

Realmente existen los monstruos y los fantasmas. Viven dentro de nosotros…Y a veces ganan (Stephen King).

Comentarios

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