El precio del primer beso: Capítulo III


— ¡Qué ridiculez! No entiendo tu cometido, hechicera. 

— ¡No me cuestiones más o te convertiré en gato de igual manera! Si logras pasar las dos pruebas siguientes, te diré los motivos de estas tentativas. Ahora solo concéntrate en lo que viene.

Céfira levantó los brazos y sus manos empezaron a brillar de un color verdoso, alumbrando la oscura noche. De pronto, disparó tres rayos de luz al frente de mí. Ese alumbrado de color verde permaneció iluminado por varios minutos. Finalmente se desvaneció, dando cabida a tres versiones de Mariela. Un suspiro de paz en mi alma. Hace un año que no sabía nada de mi amada. Me perdí en esa mirada caramelo, el aroma a vainilla que emanaba su cabello rojizo. Verla sonreír llena de felicidad mi alma. Desvanezco y vuelvo a resurgir ante su mirada. La amo. Me acerqué a la Mariela del centro, dispuesto a abrazarla.

— ¡Alto! No las toques o echarás todo a perder. ¡Detente!

Me contuve a unos pasos de las tres réplicas de mi amada, expulsando corazones rojos por los poros ante la belleza de la única mujer en el mundo que me complementa.

—Las tres te llamarán. Debes escoger a una y abrazarla.

— ¿Hablas enserio? —pregunté totalmente desconcertado.

—El tono de las tres al llamarte será casi idéntico, pero no el mismo. La voz viene del alma. ¿Eres capaz de reconocer el matiz interior de la mujer que amas?

Al instante, una por una, me llamaron por mi nombre dibujando una mágica sonrisa en el rostro. Las miré confundido, la tonalidad era exactamente igual para mí. No notaba ninguna diferencia. Las réplicas volvieron a llamarme. Cerré los ojos y empecé a recordar la primera vez que Mariela pronunció mi nombre. Era invierno, nevaba en el pueblo. El bosque había sido cubierto por una gran sábana blanca. Los niños jugaban haciendo hombres de nieve, y otros, se arrojaban bolas frías, mientras corrían sin cesar. Yo estaba deambulando, siendo un espectador de la felicidad ajena, hasta que un ángel exclamó mi nombre. Mi corazón se paralizó para volver a latir con mayor intensidad. Giré mi cabeza y allí estaba ella, sonriendo y acercándose a paso lento.

—Hola, me llamo Mariela. Tu primito es amigo de mi hermano y me dijo cómo te llamabas. ¿Quieres ayudarnos a construir el mejor hombre de nieve de Edernur?

Si alguna vez he acertado en algo de forma tan precisa, ha sido cuando acepté formar parte de esa aventura de invierno, junto con mi primito, Jeriko, el hermano menor de mi amada, y la mujer que llena de luz cada rincón nebuloso de mi alma.

Me acerqué a la Mariela que estaba a mi lado izquierdo y sin dudarlo la abracé. La réplica correspondió a mi gesto mientras las otras dos se desvanecieron. Al instante, nos separamos. La última representación de mi amada, siguió los pasos de las otras, perdiéndose en la oscuridad.

—Supongo que pasé la segunda prueba —afirmé confiado, mirando fijamente a los maléficos ojos de Céfira.

La hechicera de Edernur se me acercó lentamente con un endemoniado gesto de gracia. Nuevamente mi piel se puso de gallina. Me sentía desnudo frente a un gélido invierno.

— ¿Cuál es el precio de tu primer beso?

—Soy capaz de todo por compartir mi vida en plenitud con Mariela.

—La tercera prueba es la más difícil. Son pocos los valientes que han logrado librarla con éxito. Para poder besar a tu amada, tendrás que pagarme con lo que yo decida.

—No hay problema. Pídeme lo que quieras —contesté de golpe.

—Desenvaina tu daga y córtate los genitales. Ese es el precio que debes pagar por tu primer beso.
Miré con desesperación a Céfira. La anciana se regocijaba en mi locura.

Saqué mi daga. La mataría, no dejaría que se salga con la suya. Estaba decidido, me lanzaría sobre ella y no pararía hasta hacerla pedazos. ¿Y si no lo logro?  ¿Si me vence y me termina convirtiendo en gato para no volver a ver a Mariela? ¡Dios, la amo! ¡No puedo arriesgarme! Cerré los ojos, suspiré y dirigí la daga a mis genitales, clavándola con todas mis fuerzas.

No sentí dolor. Abrí los ojos. No había sangrado ni lesión. Me encontraba en perfecto estado. Mi daga aún estaba guardada.

—Te felicito, Daniel. Acabas de concretar las tres pruebas. Tu amor es verdadero. Puedes vivir en paz con Mariela. Vete de Edernur y empieza una nueva vida con ella, librando a toda tu descendencia de la maldición.

—No comprendo, Céfira. ¿Tu intención era saber si mi amor era verdadero? —pregunté totalmente desconcertado.

—Así es, muchacho. No soy tan despiadada como dicen. Pago una eternidad de sufrimiento por haberme unido a Lucifer, pero mi intención no es acabar con todos los hombres del pueblo, sino que comprendan realmente el valor de un beso. Tu primera prueba fue acerca de los celos. Puse en tela de juicio lo que Mariela siente por ti, confundiendo tu mente, simbolizándolo en una batalla con dos rivales. Si dejabas que mis calumnias atormentaran tu alma, significaría que tu amor es débil y que la inseguridad que sientes es más grande, pero al creer firmemente en tu amor, venciste a tus rivales que representaban a esos demonios internos que viven en uno, llenando de miedo el amor. La segunda prueba fue acerca de qué tanto te has dedicado a observar y escuchar a la mujer que amas. Si estás lo suficientemente enamorado para besarla, debes reconocer por lo menos su voz. La voz es una representación del alma. Si no conoces el alma de la mujer que amas, no mereces seguir a su lado. Y finalmente, la tercera prueba era acerca de qué tan puro es lo que sientes por Mariela. Si te arrancabas los genitales, sabes bien que jamás podrías hacerla tuya ¿Sacrificarías eso por sentir el sabor de sus labios? Hoy demostraste que sí, que la amas sobre todas las cosas. No existe otro hombre en Edernur que merezca los labios de Mariela tanto como tú. Ve tras ella.


Céfira me dio la espalda al terminar de explicarme el porqué de sus pruebas. No sabía qué más agregar. No podía creer lo que escuchaba. Todo tenía sentido.

—Si vas a asesinarme con esa daga, hazlo de una vez —sentenció la bruja de golpe.

Me quedé tieso, no sabía qué hacer. Saqué la daga, empecé acercarme a la hechicera, pero finalmente me detuve. Arrojé el arma al suelo y dije:

—Quizá deberían existir más brujas como tú en el mundo.

Apenas terminé de hablar empecé a correr del lugar sin mirar atrás. No sabía dónde me dirigía, solo que tarde o temprano encontraría a Mariela.

— ¡Danieeeeel! —escuché de pronto.

Me detuve. Sonreí. Reconocía la voz. Al girar me encontré con Mariela que corría agitada hacia mí.

—Kevin me contó que fuiste a desafiar a Céfira. Vine a detenerte, Daniel. No quiero que te arriesgues. Puedo vivir una vida entera sin besarte, no tienes que hacerlo por mí. No quiero que te arriesgues a vivir eternamente como un gato…

La callé con un beso. La tomé de la cintura y me entregué a la mágica sensación de sentir sus labios. Lágrimas de felicidad rodaban por mi mejilla. El sabor a cereza me hipnotizaba cada segundo hasta el éxtasis. Me sentía flotando en un millar de estrellas, danzando al compás de los latidos de mi corazón.


Dejé de besarla lentamente. Ambos nos miramos a los ojos.

—Pasé las pruebas de la bruja —expresé mientras sacaba el viejo reloj de mi padre del bolsillo de mi saco.

— ¿Qué horas son? —preguntó Mariela con emoción.

—Las doce —contesté con una sonrisa.

Mariela se acercó más a mí, y con un nuevo beso, me dijo “Feliz Cumpleaños”.

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