La primera vez siempre duele


— ¡Por qué me haces esto! ¡Vamos, gilipollas, suéltame! Ya no es divertido.
Observo a Silvia en silencio. La contemplo de pies a cabeza mientras termino de ponerme mis guantes negros. Desnuda y esposada a la cama, se ve hermosa. Su piel es el lienzo más suave que pueda existir para pintar un crimen perfecto. Le sonrío con ternura mientras pienso en la manera más divertida de matarla.

El último día de inocencia:

Al cumplir diez años, tomé la decisión más difícil de mi vida. Opté por decirle “No” a la injusticia y a los maltratos de mi padrastro, que no dejaba noche sin violar a mi hermana y golpear a mi madre.


Las dos mujeres que más amaba en el mundo, estaban encadenadas a los placeres sexuales de un maldito depravado, que se escondía en la inmunidad que le brindaba su uniforme y placa de policía. Al cumplir diez años… no fue precisamente un pastel lo que terminé cortado en rebanadas. Lo había pensado por semanas. No había día que no soñara con vengarme del maldito. Así que, poniéndole una pastilla para dormir en su café, logré el primer paso para cometer mi gran hazaña. Cuando el pendejo despertó, se halló desnudo, sentado en la mesa. Su pija había sido desprendida de su cuerpo y estaba servida en un plato, mientras yo, lo apuntaba con su arma, directo a la sien.

Pude sentir el miedo en su mirada. Sin duda, reconoció en mí al mismo diablo, siguiendo al pie de la letra mis instrucciones. Lo obligué a devorarse su sexo, reclamándole una sonrisa en cada bocado.
Finalmente, cuando pensó que bajaría el arma, le volé los sesos, cantando entre lágrimas: “Feliz cumpleaños”.

Esa noche, hui de casa sin despedirme. No he vuelto a saber de mi familia, salvo que mi madre se echó la culpa del crimen, diciendo que no sabía nada de mi paradero, que Antonio, su esposo, la había amenazado con desaparecerme, y al no saber de mí, enloqueció y cometió el asesinato, en venganza por todos los daños que le había causado a ella y a sus hijos.

Para las autoridades, mi ubicación es un caso archivado. Me dan por muerto. Y no están lejos de la verdad. Esa noche dejé en mi hogar toda la inocencia que me abrigaba, para volverme “Rojo” el asesino en serie más buscado por la justicia. La sangre, los gritos y el delirio, se han vuelto la medicina que alivia la nostalgia que aturde mi alma. No sé hacer otra cosa que no sea causar dolor.

Bella y dulce, Silvia:

—Soy Rojo, Silvia… —expresé mientras miraba de reojo a mi víctima. Afortunadamente traía conmigo mi maletín con alguna de mis herramientas preferidas. Aún no me decidía con cuál empezar la tortura.

— ¡Qué! ¡No me jodas, Gonzalo! Ya estuvo bueno de bromas. Por favor, ya para con esto. Me estoy poniendo muy nerviosa —espetó con terror mi bella musa. Las lágrimas no dejaban de rodar por sus mejillas.

Debo reconocer que Silvia es muy especial para mí. La conocí en Madrid, haciéndome pasar por un romántico profesor universitario de literatura.


Aguanté tres ciclos sin cometer ningún asesinato, pero gracias a Dios, Silvia Valencia llegó a mi vida. Ingenua, pensó que lograría seducirme a cambio de mejores calificaciones. Caímos en un turbulento juego sexual, el cual finalizó esta noche, entregándome su virginidad.

 Le hice el amor con ternura, descubriendo su cuerpo sin prisa. Verla y escucharla gemir, fue un despegue celestial. Me perdí en sus pechos de pezones de miel, y me deslicé lentamente para besar los pliegues de sus labios vaginales, que, ya lubricados por la calidez de mis dedos, la llevaron al éxtasis, mientras me entregaba esa mirada agotada de ojos celestes, sedienta de placer. Entré en ella despacio, tomándola de la mano. Le susurré al oído que la amaba, escogiendo la mentira piadosa como el condicional más adecuado para empezar a acelerar mis movimientos pélvicos.

Al finalizar, se quedó dormida en mi pecho. Aproveché su agotamiento y sueño pesado para esposarla y liberar a la bestia que vive en mí. 

— ¡Listo! Al fin tomé una decisión. Bueno, Silvia, no te estoy jodiendo. De verdad soy Rojo y voy a matarte. Por cierto, no desgastes más tu garganta. Recuerda que estamos en la casa de campo de tus padres, nadie lograría oírte. Así que intenta permanecer callada mientras te arranco la piel, ¿vale?

Intenté ser persuasivo. Incluso mantuve mi fingido acento español para entrar en confianza, pero no logré que Silvia mantuviese la cordura. Apenas me vio con mi tradicional machete, perdió la razón en gritos. Pero a pesar de ello, la maté lento. Empecé cortándole las extremidades inferiores para aferrarla más tiempo al sufrimiento.

Fumando un cigarrillo, al lado de los restos de mi mutilada belleza y ex virginal amante, suelto un largo suspiro mientras dejo una nota en los restos de su cadáver.

Me cansé de seguir instrucciones y de matar por encargo. Esta es la primera vez que escojo a mi víctima con total libertad. Y saben qué…es majestuoso. Después de desvirgar a Silvia, acabé con su vida con honores. Agradecí que confiara en mí su “tesorito” cortándola en pedacitos. Aprovecho, de todos modos, este escrito para mandarles a sus padres mi más sentido pésame. Por lo que me contó Silvita, son excelentes personas.

Posiblemente en algún momento las autoridades darán conmigo, y eso me agrada. Es divertido. Hay personas que disfrutan mucho de la lectura, de hacer algún deporte, de escribir o hacer música…yo no. Mi hobby es un tanto especial, digamos que más rojo. Más yo.

Volverán a saber de mí. Es tiempo de regresar a Perú. Quizá nos encontremos un día. Prometo matarte de una forma muy especial…única.
Rojo

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