Los ángeles de alas grises - Primer Capítulo


Nunca olvidaré mi cumpleaños número seis. Mis padres me hicieron una gran fiesta. Me sentí tan feliz, un momento maravilloso. Toda mi casa adornada de globos, la mesa principal de la sala, llena de bocaditos, y una torta inmensa de chocolate eran razones suficientes para considerar ese instante como el mejor de mi vida. Y aunque, al principio, los payasos, Sonrisa y Botín, me asustaron en vez de hacerme estallar de la risa, logré divertirme muchísimo. La pasé increíble con mi familia y amigos, bailando, comiendo gelatina, mazamorra, pero, sobre todo, reventando la piñata y corriendo entusiasmado por adueñarme de las deliciosas recompensas: miles de dulces entre caramelos y gomitas, que salían como ráfagas de la abertura del muñeco de uno de mis héroes favoritos, Batman.
Al día siguiente, tuve mi primer viaje. Partí con mis padres a Chiclayo, a pasar una semana con mis primos. Un tramo largo de más de diez horas desde Lima, pero no importaba. Estábamos los tres juntos, compartiendo sueños y risas. Mi papá se encargó de manejar, mientras mi madre, que estaba sentada junto a mí en la parte de atrás de nuestro auto rojo, tuvo la labor de controlar mi inquieta y parlanchina forma de ser.
Recuerdo que, después de varias horas de viaje, y de haber entonado más de cien veces la popular canción: «Vamos de paseo titití. En un auto nuevo, sí, sí, sí». Por supuesto, después de jugar, aproximadamente, trescientos ritmos a gogó, mi euforia se tranquilizó, me recosté en el regazo de mi madre y solicité escuchar una historia. Mi mamá acarició mi cabello, arrullándome con dulzura. Ya había oscurecido y aún faltaban algunas horas más de camino.
 —Te voy a contar una historia, pero con una condición, soldado, que te quedes dormido. Aún falta mucho para llegar a la casa de tus tíos, y ya debes descansar —dijo mi padre con un tono cálido de voz.
—Está bien, mi general —contesté.
Así nos llamábamos. Mi padre era el general; yo, el soldado; y mi madre, la guapa enfermera, cuya especialidad era echarme mentholatum cuando me resfriaba.
Estaba muy cansado, así que me quedé dormido de inmediato. No llegué ni a la mitad de la historia; sin embargo, nunca olvidaré aquella introducción de mi padre, que me hizo cerrar los ojos y someterme a un sueño profundo.

Él era el encargado de llevar a las personas llenas de maldad a su cruel castigo y de liberar a los que ya habían cumplido su condena. El guardián de su propio reino vivía en soledad, nadie más se atrevía a acompañarlo en su complicado mundo entre el bien y el mal…

Cuando abrí los ojos, me encontraba en un hospital de Lima. Mis abuelos lloraban a mares y me abrazaron con fuerza al ver que estaba con vida. Su hija y su esposo habían muerto en un terrible accidente de tránsito en la carretera.


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